Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura

Agricultura Agricultura familiar

Liliana Riva Palacio, educadora mexicana que descubrió el poder de las comunidades agrícolas indígenas de su país y lucha por fortalecerlas, es reconocida por el IICA como Líder de la Ruralidad de las Américas

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Liliana Riva Palacio, educadora mexicana que descubrió el poder de las comunidades agrícolas indígenas de su país y lucha por fortalecerlas, es reconocida por el IICA como Líder de la Ruralidad de las Américas

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Liliana fundó ConcentrArte, una organización que trabaja en zonas rurales afectadas por la pobreza multidimensional, problemas con los cultivos y falta de acceso a recursos básicos como la electricidad y el agua.

Ciudad de México, 2 de marzo, 2026 (IICA). La educadora mexicana Liliana Riva Palacio España habla siempre con una sonrisa que le adorna la cara. Hace años, dejó atrás su vida urbana para sumergirse en la defensa de las comunidades campesinas de su país y es un testimonio de la fuerza de la colectividad, la humildad y el poder de reconectar con la tierra y sus ciclos.

Por su labor en favor de la educación ambiental, de las comunidades agrícolas y de la promoción de la seguridad alimentaria, Liliana es reconocida como una de las Líderes de la Ruralidad de las Américas por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).

Ella recibirá el reconocimiento Alma de la Ruralidad, creado por el organismo hemisférico para dar visibilidad a quienes dejan su huella en favor de la seguridad alimentaria y nutricional y la sostenibilidad en la región y el planeta.

A través de su organización, ConcentrArte, fundada en 2005, esta psicóloga, emprendedora y activista impactó directamente a cerca de medio millón de personas a lo largo de México. A través de su labor, la pedagoga demuestra que la innovación también surge de escuchar a la comunidad, honrar los saberes ancestrales y regresar a la esencia de la vida y la producción de alimentos sanos.

Liliana nació y se formó en la Ciudad de México, donde se graduó como psicóloga educativa en la Universidad Pedagógica Nacional. Sin embargo, su vocación profunda y su compromiso con el bien común emergieron de una búsqueda personal intensa y transformadora.

«Puedo decir que soy una historia de resiliencia», se presenta con honestidad. Años complicados de la infancia, asegura, «me hicieron dar cuenta de la importancia de aprender a sobreponerse a cualquier cosa, a ser creativa, buscar soluciones».

Hacia 1995, cuando tenía 22 años y vivía en la gran ciudad, sintió un vacío que no podía ignorar. «Me sentía muy sola, me estaba ahogando. Y esa situación hizo que tomara una decisión muy impulsiva: me enrolé para irme como voluntaria al Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, o Frayba, en Chiapas», rememora. «Para allí me fui, pero yo no sabía ni a qué iba, ni cómo iba, ni por qué», confiesa tantos años después.

Sin experiencia alguna en el campo ni conocimientos sobre las comunidades indígenas, se aventuró a lo desconocido. El viaje fue una inmersión inmediata en la realidad rural.

«Me senté en un camión de redilas (de carga), como una vaca, sin saber a qué iba… Llegué a la Reserva de la Biósfera Montes Azules para sumergirme en el mundo de las comunidades indígenas locales en tiempos marcados por el movimiento zapatista”, afirma.  En ese marco, lo que inicialmente iba a ser un voluntariado de tres meses se convirtió en una residencia de dos años y medio, un periodo de profundo aprendizaje que, como ella misma confiesa, «marcó mi vida y definió mi vocación».

Liliana es un agente de cambio en su comunidad y por ello recibió la distinción Líderes de Impacto Social 2023, otorgada por la Cámara de Diputados de México.

Reencontrarse con la verdadera esencia de la vida

Al vivir al ritmo de la selva y de comunidades como La Unión, Nueva Estrella y Las Tacitas, en Chiapas, Liliana experimentó una metamorfosis conceptual. Los valores que la ruralidad le enseñó reestructuraron por completo su escala de prioridades. El dinero, por ejemplo, «tenía otra connotación».

“La vida era simple: te levantabas con el sol y te dormías con el sol; ibas a buscar tu comida, tenías que sembrar, tenías que cosechar», explica.

«Las cosas que me enseñaron las comunidades son, por ejemplo, la humildad, la honestidad, la colectividad, que la competencia no existe, ni la vanidad. Era otra forma de valorarnos. Me di cuenta de que si yo estaba bien, mi comunidad estaba bien. Y si mi comunidad estaba bien, yo también estaba bien», remarca la educadora mexicana.

Después de esa transformación, y con la misión de impulsar la seguridad alimentaria y la reconstrucción del tejido social en otras comunidades alejadas y en desventaja, Liliana fundó ConcentrArte, una organización que trabaja en zonas rurales afectadas por la pobreza multidimensional, problemas con los cultivos y falta de acceso a recursos básicos como la electricidad y el agua.

«Lo que nos funciona en esas iniciativas es escuchar a la comunidad, no solo lo que nos dicen con la voz, sino lo que nos dicen con el corazón y con el cuerpo. Porque tienen los saberes ancestrales y nosotros tenemos el acceso a los recursos y la información», asegura.

Liliana y su equipo ayudaron a la comunidad a volver a sembrar hortalizas locales, recuperando la conexión directa con su propia tierra y tradiciones.

Al integrarse a una comunidad Wixárika, Liliana conoció una forma distinta de comprender la vida. «Para mí fue llegar desde un lugar fascinante, de un lugar muy misterioso, muy mágico, porque se habla desde la conciencia de la madre tierra, desde la cosmovisión, desde cómo nosotros mismos somos una extensión de la tierra y sus productos”.

La comunidad Wixárika es parte del pueblo indígena que habita principalmente en la Sierra Madre Occidental de México, en los estados de Nayarit, Jalisco, Durango y Zacatecas, donde los huicholes despliegan una cultura de gran tradición ceremonial.

Allí, el trabajo se centró en recuperar prácticas ancestrales. A través de huertos comunitarios y de traspatio, Liliana y su equipo ayudaron a la comunidad a volver a sembrar hortalizas locales como tomates, chiles y pepinos, recuperando la conexión directa con su propia tierra y tradiciones.

Esa labor gira alrededor de la milpa, el sistema ancestral mesoamericano de policultivo que asocia al maíz, el frijol y la calabaza, además de otras plantas como tomates, chiles, quelites y medicinales, creando un pequeño ecosistema autosuficiente y diverso. Pero no es solamente un sistema de siembra, remarca la educadora, sino «un pilar de la cultura, la nutrición y la vida».

«La milpa para nosotros es la clave. Es la base de nuestro método: sembrar plantas tan sagradas, tan nuestras, para no perder la identidad de la comunidad y la conexión con el alimento que nos da vida», describe.

El liderazgo de Liliana Riva Palacio es un espejo de la transformación que busca en las comunidades: pasar de la adversidad a ser un agente de cambio. Su trabajo fue reconocido, por ejemplo, con la distinción Líderes de Impacto Social 2023, otorgado por la Cámara de Diputados de México. 

A través del proyecto Tierra Fértil, en Chiapas, Liliana y otras 25 mujeres están desarrollando un huerto y un modelo de trabajo.

Mirarse a los ojos, de humano a humano

Si bien su trayectoria tiene la huella indeleble que le dejó el recorrido de tantas sabidurías ancestrales en México, Liliana no pierde de vista que cualquier transformación, para ser efectiva, tiene que ser también económicamente viable. Y así lo demuestra a través del proyecto Tierra Fértil, en Chiapas, donde ella y otras 25 mujeres están desarrollando un huerto y un modelo de trabajo.

También cuentan con un invernadero -parte de una infraestructura que financian con reuniones comunitarias y festejos populares- y un sistema para vender su producción. Incluso, el gobierno local accedió a entregar a estas productoras tierras en comodato por 15 años.

«Hicimos una fiesta, era la primera vez que estas mujeres iban a tener tierra». Fue la oportunidad para «dejar de ser ‘las sin nombre’ y pasar a ser personas capaces de soñar más y más», cuenta la mexicana. Más adelante, el grupo logró adquirir los terrenos y ahora cuentan con tres huertas y el objetivo de fundar una panadería, «pero con panes innovadores con canela o con salvia, a los que le van a poner romero y toda la medicina del huerto».

La panadería es uno de los elementos que apuntan a un futuro de valor añadido para los productos que se cultivan en la zona. «Porque sabemos que para sobrevivir en el campo no es lo mismo que yo te venda un kilo de cacahuates a 25 pesos a que te haga mantequilla de cacahuate y te la venda a 200 pesos», describe Liliana.

Muchas jóvenes que participan del proyecto le confiesan que Tierra Fértil les cambió la vida. «Me dicen, ‘mi vida era terminar la primaria y quedarme aquí sentada, hacer nada, o irme, y ahora, en cambio, tengo un huerto, tengo una panadería, gano dinero, tengo amigas'», comparte.

«Estamos haciendo una diferencia -sigue Liliana-. Y aunque tampoco es la panacea y se trata de un granito de arena pequeño, podemos ver que hay muchas mujeres, jóvenes y más grandes, que tienen al menos una oportunidad para una vida mejor, sin tener que alejarse de su tierra”.

El escenario está compuesto por pequeños pueblos alejados de rutas importantes y de ciudades grandes, donde a veces no hay agua ni luz. Sin embargo, se puede «abrir una esperanza». Es, completa Liliana, «algo que aprendí en Chiapas: cuando tú miras a la gente en serio, cuando de veras te miras de humano a humano, o humana a humana, algo surge, algo pasa, ¿no?».

Sin experiencia alguna en el campo ni conocimientos sobre las comunidades indígenas, se aventuró a lo desconocido. El viaje fue una inmersión inmediata en la realidad rural.

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