
Paramaribo, Surinam, 9 de marzo, 2026 (IICA). Hace más de cuatro décadas, un joven haitiano llegó a Surinam con las manos vacías y la determinación intacta. Se llama Manicel Simon y, como muchos de sus compatriotas, había dejado atrás su país en busca de un lugar donde trabajar la tierra y criar a sus hijos. Hoy, a sus 64 años, ese hombre puede mirar los surcos de su finca en el distrito de Saramacca y decir con orgullo que lo logró: que el esfuerzo constante, el trabajo compartido y la unión familiar dieron fruto.
«Vine en 1981 —recuerda— y pasé por todo tipo de oficios para sobrevivir. Trabajé para otros, hasta que en 1998 pude comprar mi propio pedazo de tierra. Fue un cambio enorme: tener un espacio propio significó libertad«. Desde entonces cultiva plátano, batata, yuca y calabaza en un terreno de 36 hectáreas.
Su historia personal se cruza con la de Majorie, su hija, nacida ya en suelo surinamés. Agricultora, técnica en agronomía y actual secretaria y vocera de la Cooperativa de Productores Haitianos de Surinam (Coöperatieve Vereniging der Haïtiaanse Agrariërs Suriname), representa a la segunda generación de una comunidad que no solo echa raíces en un nuevo país, sino que se organiza para crecer.
Los haitianos llegaron masivamente a Surinam en 1977, recuerda, «pero durante mucho tiempo no hubo ninguna forma de unión. Cada uno trabajaba por su cuenta y eso nos frenaba. Por eso en 2015 fundamos la cooperativa, para capacitarnos, buscar apoyo y acceder a oportunidades que antes no llegaban a nuestra comunidad».
Por su trabajo para integrar a los inmigrantes, ayudarles a conseguir herramientas y aplicar nuevas tecnologías, y por demostrar que incluso en las condiciones más adversas la producción agrícola es un motor de vida, Manicel Simon y su hija, Majorie Simon, fueron reconocidos como Líderes de la Ruralidad de las Américas por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).
Ambos recibirán el premio Alma de la Ruralidad, creado por el organismo hemisférico para celebrar a aquellos que dejan su marca en favor de la seguridad alimentaria y la sostenibilidad en la región y alrededor del mundo.
Se necesita aprender a exportar
El cambio que impulsan padre e hija es mucho más que productivo. A través de la cooperativa, los Simon lograron que decenas de agricultores haitianos dejaran de trabajar aislados y comenzaran a verse como parte de una comunidad con derechos y posibilidades. Organizarse significó acceder a capacitación, a tierras y a una voz propia ante las autoridades, un paso que transformó la vida de muchas familias rurales en Surinam.
La creación de esa organización fue un punto de inflexión. Hasta entonces, la mayoría de los agricultores haitianos trabajaba tierras prestadas, sin contratos ni garantías. «A veces el dueño podía llegar un día y pedirte que te fueras, incluso después de haber limpiado y cultivado todo el terreno», relata Majorie. «Por eso muchos no se animaban a producir a gran escala. La inseguridad era constante». Con el paso de los años, el grupo logró establecer vínculos con el gobierno y con organismos internacionales, abriendo un camino hacia la formalización. «Después de casi cincuenta años viviendo aquí, es la primera vez que el Estado ayuda directamente a los haitianos con tierras para cultivar», remarca.
El trabajo colectivo empezó a rendir frutos. Gracias a proyectos apoyados por el IICA, la FAO, el Banco de Desarrollo del Caribe y el programa SAMAP, los productores obtuvieron maquinaria agrícola, bombas de agua, machetes, fertilizantes y asistencia técnica. La organización —formalmente registrada como Haitian Farmers Cooperative Society— es una de las asociaciones rurales de Surinam que trabajan con el IICA en proyectos de fortalecimiento agrícola y seguridad alimentaria, y que, por ejemplo, colaboró con el organismo continental durante la pandemia de COVID-19.
«Nos dieron también capacitación —recuerda Manicel—, y eso vale más que cualquier cosa, porque cuando uno aprende, puede seguir adelante solo». La cooperativa gestionó además la llegada de pequeños tractores Kubota, distribuidos estratégicamente para que los agricultores puedan labrar el suelo sin depender de costosos equipos.
Pero los desafíos no desaparecen. El mercado local es pequeño y la sobreproducción, en tiempos de cosecha, provoca pérdidas. «Cuando hay mucho producto, los precios bajan y terminamos perdiendo», explica Manicel. «Por eso necesitamos exportar o transformar lo que producimos».
Majorie coincide: «en Surinam casi todo se vende para consumo fresco. Si tuviéramos máquinas para procesar plátano, yuca o ají, podríamos hacer chips, harina o conservas. Así la producción tendría valor todo el año».
«Aquí aprendimos a luchar juntos»
La visión de futuro está clara. La organización trabaja para obtener las licencias necesarias y adecuar un edificio que permita procesar alimentos bajo normas internacionales. «Queremos cumplir con los estándares de exportación —dice Majorie—, pero eso requiere inversión y conocimiento. Por eso insistimos tanto en la formación: las máquinas son importantes, pero el entrenamiento lo es más».
El liderazgo de esta joven mujer —formada, bilingüe y comprometida con su comunidad— resume el nuevo rostro del campo en el Caribe continental. Majorie combina su trabajo agrícola con la gestión de proyectos y la comunicación digital. «Tenemos una página en Facebook con más de diez mil seguidores», cuenta con orgullo. «Allí mostramos lo que hacemos, promovemos nuestros productos y conseguimos algunos clientes en Europa. No soy experta en redes, pero hago lo posible por visibilizar el esfuerzo de los agricultores haitianos».
Más allá de los proyectos, lo que sostiene a la comunidad es una red de vínculos humanos. Cada domingo, las familias se reúnen en la iglesia, punto de encuentro y espacio de apoyo mutuo. «La vida no es fácil, pero aquí hay paz», relata Majorie. Su padre asiente: «Nos quedamos en Surinam porque aquí podemos construir algo para nuestros hijos. En Haití la situación es muy difícil; allá cada uno lucha solo. Aquí aprendimos a luchar juntos».
Manicel no olvida su país natal. «Me duele ver lo que pasa en Haití —dice—, porque allí tengo familia y amigos. Muchos quieren salir y no pueden. Por eso agradezco que mis hijos nacieron en un lugar donde se puede trabajar tranquilo y verlos crecer sin miedo».
Majorie también piensa en el futuro y en los jóvenes haitianos que crecieron en Surinam. «Muchos de ellos ya no quieren dedicarse a la agricultura porque piensan que el trabajo de campo es solo para los que no estudiaron», dice. «Yo quiero que vean que puede darles una buena vida, que trabajar la tierra es el camino hacia adelante para nuestra gente».

La organización Haitian Farmers Cooperative Society es una de las asociaciones rurales de Surinam que trabajan con el IICA en proyectos de fortalecimiento agrícola y seguridad alimentaria.
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