Tapachula, México, 7 de mayo de 2026 (IICA) – La agricultura tropical dispone de un conjunto amplio de soluciones probadas, conocimiento científico acumulado y experiencias exitosas en distintos territorios. Sin embargo, el verdadero desafío sigue siendo lograr que esas herramientas se adopten a escala y a cada contexto y, sobre todo, se traduzcan en sistemas productivos sostenibles, rentables e inclusivos.
Esa fue una de las conclusiones del reciente encuentro sobre agricultura tropical que se llevó a cabo en Tapachula, estado mexicano de Chiapas, en el que durante tres días especialistas, funcionarios y productores discutieron cómo transformar un sector clave para la seguridad alimentaria.
Entre todas las ideas desarrolladas en el encuentro, hubo una conclusión que se repitió con claridad: el problema ya no es la falta de tecnología, sino cómo hacer que esa tecnología llegue al productor y funcione en la práctica.
En un panel dedicado a cooperación e innovación, especialistas de organismos internacionales, centros de investigación y entidades públicas coincidieron en que la brecha ya no es de generación de conocimiento, sino de implementación.
«Ya existen las tecnologías, ya están probadas, pero no están llegando al productor», advirtió Karen Montiel, especialista del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), al describir el punto de partida de la Plataforma Hemisférica de Agricultura Tropical. Según explicó, el objetivo de esta iniciativa es precisamente «fomentar la colaboración interinstitucional» para escalar soluciones, acelerar su adopción y generar impacto en los territorios.
La plataforma, lanzada en 2025 junto a instituciones como el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE), la Alianza Bioversity-CIAT, el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) y la Empresa Brasileña de Investigación Agropecuaria (EMBRAPA), busca romper una dinámica histórica: la fragmentación de esfuerzos entre organismos que generan conocimiento pero que muchas veces trabajan de manera aislada.
«Que ya no trabajemos solos», propuso Montiel, al plantear la necesidad de articular capacidades y aprovechar las ventajas comparativas de cada institución según el cultivo, el territorio o el problema a resolver.
El desafío, sin embargo, no es solo coordinar instituciones. También implica repensar cómo se diseñan e implementan las intervenciones en los territorios. En ese sentido, varios especialistas coincidieron en que no alcanza con «transferir tecnología» desde los centros de investigación hacia el campo.
«Las soluciones a ese territorio no están acá», planteó Jeimar Tapasco, de la Alianza Bioversity-CIAT. «Acá hay ideas y experiencias, pero se tiene que dar una discusión con quienes conocen el contexto local para definir qué funciona y qué no».
Esa mirada introduce un cambio relevante: pasar de un modelo de innovación lineal —donde el conocimiento fluye en una sola dirección— a uno más dinámico, basado en la co-construcción con productores, organizaciones locales e instituciones públicas.
En esa misma línea, el enfoque territorial aparece como un elemento clave. Desde el CATIE, por ejemplo, se propuso priorizar intervenciones a partir de cuencas hidrográficas, integrando variables como disponibilidad de agua, sistemas productivos y condiciones ambientales. Pensar el territorio unido por el agua permite priorizar con un criterio más integral, se señaló durante el panel.
Además, se destacó la importancia de combinar tecnologías —como sistemas silvopastoriles, manejo de suelos o cosecha de agua— en función de cada contexto, en lugar de promover soluciones aisladas.
Otro de los consensos fue que la adopción tecnológica depende en gran medida de factores que van más allá de la innovación en sí misma. La extensión rural, la formación de capacidades y el acceso a información son condiciones necesarias para que las soluciones lleguen a escala.
Desde el CIMMYT, se enfatizó la necesidad de «tropicalizar» las tecnologías disponibles, es decir, adaptarlas a las condiciones específicas del trópico, y de fortalecer la capacitación a nivel técnico y de campo. «No solo a nivel académico, sino también a nivel de extensionistas y productores», se señaló.
En paralelo, la digitalización aparece como una herramienta clave para democratizar el acceso al conocimiento. Plataformas de datos, sistemas de información geográfica y herramientas digitales pueden facilitar la toma de decisiones, siempre que la información sea accesible y comprensible para quienes están en el territorio.
El esfuerzo es juntar la información y prepararla en un mecanismo digerible, evitando que el conocimiento quede restringido a publicaciones científicas o ámbitos especializados.
Aunque el foco del panel estuvo en la articulación técnica e institucional, las intervenciones del público y de los propios especialistas pusieron sobre la mesa un tema ineludible: la sostenibilidad de la agricultura tropical también depende de su rentabilidad.
«La agricultura es un negocio y tiene que generar ingresos para el sustento de las familias», señaló uno de los participantes, al cuestionar la falta de énfasis en aspectos como comercialización y acceso a mercados.
En respuesta, los panelistas reconocieron que la agenda aún tiene áreas por fortalecer, especialmente en lo que respecta a innovación financiera y mecanismos que conecten la producción sostenible con oportunidades concretas de mercado.
Montiel coincidió en que este es un aspecto clave a desarrollar: «Quizás dentro de la priorización de temas ha faltado la innovación financiera, el acceso a los mercados». En ese sentido, planteó la necesidad de avanzar hacia esquemas de financiamiento que reconozcan el valor de prácticas sostenibles, incluyendo modelos que remuneren resultados en biodiversidad o servicios ecosistémicos.
Más que ofrecer respuestas cerradas, el panel dejó en claro que la construcción de una ruta para la agricultura tropical es un proceso en evolución, que requiere articulación, aprendizaje y adaptación continua.
La Plataforma Hemisférica aparece, en ese contexto, como un intento de ordenar ese proceso, generar masa crítica y acelerar la transformación. Pero su éxito dependerá, en última instancia, de su capacidad para traducir el conocimiento existente en soluciones concretas, viables y escalables.
El desafío no es menor: conectar ciencia, territorio, financiamiento y mercado en sistemas complejos y diversos. Pero también es, según coincidieron los participantes, una oportunidad única para reposicionar a la agricultura tropical como un motor de desarrollo sostenible en las Américas.
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