Las innovaciones de la startup Vita Copaiba, de Colombia, la impulsaron como una de las firmas ganadoras del Concurso de Agrobioemprendimientos de Impacto LATAM 2025, del IICA y FONTAGRO.
San José, 21 de mayo de 2026 (IICA) – Hay una nueva generación de emprendedores rurales latinoamericanos y caribeños que ya no habla solamente de producir más alimentos. Piensa, con naturalidad, en biomasa, trazabilidad, bioinsumos, captura de carbono, biodiversidad y economía circular.
Para ellos, transformar residuos agrícolas en energía, seguir el recorrido de un producto desde el campo hasta el consumidor o desarrollar microorganismos que mejoren cultivos dejó de ser un concepto futurista o académico: empieza a formar parte de una nueva manera de pensar los negocios vinculados al agro y a los territorios rurales.
Más de 1.100 proyectos provenientes de veinte países de América Latina y el Caribe respaldan esas afirmaciones.
Se trata de la respuesta al concurso de agrobioemprendimientos de impacto LATAM 2025, impulsado por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) y FONTAGRO, cuyos resultados se revelaron en abril y que terminó convirtiéndose en una radiografía de un ecosistema mucho más amplio de lo esperado.
Lejos de ser una competencia acotada a proyectos de innovación agrícola, la convocatoria desbordó las previsiones iniciales de sus organizadores y dejó en evidencia la amplitud del fenómeno: desde bioinsumos y biomateriales hasta soluciones de captura de carbono, bioenergía y nuevos bioproductos aplicados a alimentos, salud o cosmética.
El fenómeno no se limita a la región. El Foro Económico Mundial estima que la bioeconomía global ya alcanza un valor cercano a los cuatro billones de dólares y que más de cincuenta países cuentan con estrategias específicas para su desarrollo, en un proceso impulsado por nuevas tecnologías en biología sintética, ingeniería y modelos de producción descentralizados.
El nuevo escenario del «trabajo inteligente»
En distintos puntos del continente y más allá, esa transformación empieza a verse en las prácticas cotidianas de nuevos productores y emprendedores rurales muy jóvenes. Durante una de las entrevistas que forman parte de la serie Líderes de la Ruralidad, del IICA, Mackenzie Fingerhut, un joven agricultor en Canadá, resumía perfectamente uno de los costados más interesantes de la nueva economía rural.
Existe una «desconexión enorme» entre el campo y la ciudad, con «mucha gente que nunca vio cómo se produce un alimento, y eso influye en sus decisiones como consumidores». Por eso Mackenzie apuesta a la trazabilidad y la transparencia.
«Hay proyectos que permiten escanear un código QR en un paquete de harina o una botella de cerveza y ver toda la historia del producto: dónde se sembraron los ingredientes, cómo se procesó, quién lo produjo». Se trata, enfatizaba durante la charla con el IICA, de una herramienta que «genera confianza».
En otra entrevista de la serie, los también muy jóvenes Akiesha Fergus y Ryan Khadou, una pareja basada en Saint Kitts and Nevis, mostraban que ni siquiera las fuertes limitaciones de infraestructura y las amenazas climáticas detienen a esta nueva generación. «Nuestro lema es ‘trabajar de manera inteligente'», aplicando nuevas herramientas y conocimientos. No hace falta «trabajar duro» como se hacía hace muchas décadas, ahora «es una cuestión de ciencia y de tecnología, de lograr mejores resultados en los cultivos» y «de entender el ambiente y la tierra», completaba Fergus.
Los nexos de la agricultura
Esta evolución marca un quiebre respecto a la foto que devolvían los análisis sectoriales de hace apenas unos años. En 2019, un reporte del BID Lab titulado Mapa de la innovación Agtech en América Latina y el Caribe ya identificaba los primeros síntomas de un ecosistema en formación, aunque todavía lo describía como un sector emergente y con un crecimiento muy concentrado. Sin embargo, la brecha entre aquel diagnóstico y la realidad actual es notable: lo que el BID analizaba entonces como una tendencia incipiente, se transformó hoy en una ola de madurez que desbordó cualquier previsión inicial.
La diferencia fundamental reside en que el enfoque dejó de ser una «agenda verde» o una declaración de intenciones para convertirse en una estructura de costos y oportunidades. Para esta nueva generación de empresarios rurales, la sustentabilidad no es un concepto accesorio, sino un activo financiero: la biomasa ya no se gestiona como un residuo, sino como la materia prima de un nuevo modelo de negocio basado en la circularidad y el agregado de valor en origen.
Durante la presentación de los resultados del concurso, las autoridades de los organismos impulsores validaron este cambio de paradigma. Muhammad Ibrahim, director general del IICA, destacó en aquel momento la importancia de promover a los agrobioemprendedores para «construir un mundo de innovación en las zonas rurales que permita integrar cada vez más jóvenes y mujeres en el uso sostenible de la biodiversidad».
Según señaló, el concurso buscó «contribuir al escalamiento de iniciativas que construyen un nexo de la agricultura con la energía, la salud y el cuidado del ambiente», demostrando que la bioeconomía «no es solo un concepto teórico, sino que produce productos concretos que benefician a las personas».
Nueva generación de emprendedores rurales está redefiniendo el agro en América Latina y el Caribe: piensa en sostenibilidad, trazabilidad, captura de carbono y economía circular como algo natural.
Sargazo, biomasa y microorganismos
Repasemos los casos de algunos de los jóvenes que resultaron premiados en el concurso del IICA y FONTAGRO, como SOS Biotech, en República Dominicana. Elena Martínez, cofundadora y directora tecnológica de la firma, explicó que el proyecto nació para recolectar y procesar el sargazo —la macroalga que castiga las costas del Caribe— y extraer de él «todos los compuestos bioactivos posibles».
A través de un sistema de recolección montado en barcos artesanales que ya entrenó a más de 130 pescadores locales, la empresa logró recuperar más de 16.000 toneladas de alga para convertirlas, mediante un «proceso cerrado» sin residuos, en bioestimulantes y sustratos que ya utilizan los agricultores dominicanos.
Para Martínez, la proliferación invasiva de estas algas, aunque generó una crisis, representó «una gran oportunidad de diversificación de la industria en la región». Con certificaciones ya obtenidas para desembarcar en los mercados de Estados Unidos y España, la startup demostró que es posible reemplazar compuestos sintéticos y derivados del petróleo mientras se mitiga un daño ambiental, confirmando que el sargazo es, en definitiva, una herramienta que «puede ayudar incluso a lidiar con la contaminación en diferentes industrias».
Otro de los proyectos destacados fue Carbonlytics, una solución desarrollada por ingenieros colombianos que utiliza drones y analítica avanzada para medir la biomasa de los cultivos con una confiabilidad superior al 95%. El sistema permite cuantificar el carbono capturado para la certificación de créditos, lo que abre una nueva fuente de ingresos para los agricultores. Según explicaron sus creadores, el objetivo es generar un «doble impacto, social y ambiental», permitiendo que quienes trabajan el suelo aprovechen las «soluciones sostenibles que generan sus tierras».
Desde la Argentina, otro agroemprendimiento reconocido en el concurso, la startup Prix Biotech, viene de registrar un hito científico: la edición genética de biofertilizantes comerciales para aumentar la productividad de cultivos como la soja y la alfalfa. Nicolás Ayub, investigador principal de la startup, recordó que, junto a sus colegas, trabaja para «potenciar características funcionales ya existentes en los microorganismos, lo que nos permite desarrollar soluciones biológicas más eficientes, con menor huella ambiental y mayor consistencia en campo, logrando procesos de fertilización más rápidos y a menor costo».
Una bioeconomía latinoamericana que busca madurar
Lo que hasta hace algunos años aparecía en los radares financieros como una tendencia incipiente, se consolidó en una red de negocios donde la ciencia aplicada dicta las nuevas reglas de competitividad. El volumen de postulaciones y la sofisticación de los ganadores del concurso confirmaron que la región dejó de ser una mera exportadora de materias primas para convertirse también en laboratorio a cielo abierto de soluciones globales.
Para esta generación, el éxito ya no se mide solo en toneladas por hectárea, sino en la capacidad de gestionar la complejidad biológica de los campos. Con un ecosistema que ya produce resultados medibles, la bioeconomía latinoamericana demostró que está madurando como para liderar la transición hacia un modelo productivo donde la eficiencia y la regeneración sean, finalmente, las dos caras de la misma moneda.
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