San José, 27 de febrero, 2026 (IICA). El Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) y la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA) impulsarán en América Latina y el Caribe el enfoque de Empoderamiento y Promoción de la Horticultura de Pequeños Productores (SHEP), para procurar aumentos en los niveles de ingreso de esta población, fortalecer la seguridad alimentaria y reducir la pobreza en la región.
SHEP es una metodología de extensión agrícola desarrollada inicialmente en Kenia mediante cooperación técnica japonesa, que busca empoderar a los productores para que se conviertan en gestores autónomos y adopten una agricultura orientada al mercado.
Hoy se implementa en más de 60 países e impulsa a los productores familiares a pasar de producir y luego vender, a producir para vender, mediante la capacitación en estudios de mercado, planificación de cultivos y toma de decisiones basadas en demanda.
La aplicación de esta metodología ha permitido incrementos promedio superiores al 70% en los ingresos hortícolas de productores familiares en un período de dos años, a través de una mayor orientación al mercado, mejor planificación productiva y fortalecimiento de capacidades empresariales.
“Cualquier acuerdo de cooperación adquiere verdadera luz solamente cuando se implementa conforme a lo acordado, y confío en que este sea el inicio de una relación muy fructífera que se traduzca en acciones concretas para mejorar la vida de los pequeños agricultores”, dijo Keisuke Ito, Director General del Departamento de América Latina y el Caribe de JICA.
“El enfoque SHEP ofrece oportunidades significativas para que los agricultores familiares se conviertan en verdaderos gestores de sus producciones. Con apoyo y trabajo conjunto podemos asumir el ambicioso compromiso de mejorar las condiciones de vida de muchos agricultores e innovar en estrategias para fortalecer los servicios de asistencia técnica y extensión rural”, afirmó Lloyd Day, Subdirector General del IICA.
El IICA y la agencia japonesa firmaron una alianza por cinco años que dará sus primeros pasos en marzo de 2026 en Bolivia, en el proyecto “Operacionalizando la agricultura resiliente como negocio: una alianza estratégica para la ‘Última Milla’ para Fondo de Adaptación”, el cual incluye el enfoque SHEP.
La iniciativa en Bolivia tendrá una duración de dos años y se apoya en una alianza estratégica que involucra a instituciones gubernamentales, académicas, de cooperación internacional y al IICA como ejecutor. Procura empoderar a los pequeños productores como emprendedores capaces de afrontar choques climáticos y tiene como objetivo final institucionalizar el modelo para fortalecer la seguridad financiera y la capacidad de adaptación de las familias rurales.
Además, IICA y JICA exploran opciones para implementar el enfoque SHEP en Paraguay, Centroamérica y el Caribe.
Acciones para transformar la agricultura familiar
Como parte del trabajo conjunto, IICA y JICA organizaron en San José un seminario que reunió a más de 250 representantes de organismos internacionales, agencias de cooperación, especialistas y actores clave del sector agrícola de más de 20 países de América Latina y el Caribe, quienes discutieron cómo fortalecer estrategias de apoyo a la agricultura familiar con orientación de mercado y articulación institucional.
Jiro Aikawa, asesor senior de JICA, explicó que el enfoque transforma la extensión agrícola al reducir la brecha de información entre productores y compradores. “El lema de SHEP es claro: la agricultura es un negocio. Cuando los productores estudian el mercado antes de sembrar y entienden quién comprará su producto y con qué calidad, pueden mejorar significativamente sus ingresos”, dijo.
Durante el seminario se abordaron los principales desafíos de la agricultura familiar, que en América Latina y el Caribe posee el 80 % de las explotaciones agrícolas, emplea a 60 millones de personas y es responsable del 50% de los alimentos consumidos localmente. En pocas palabras, es un pilar para la seguridad alimentaria regional.
Mario León, gerente de Desarrollo Territorial y Agricultura Familiar del IICA, explicó que los agricultores familiares latinoamericanos y caribeños afrontan desafíos estructurales que limitan su desarrollo, como la baja productividad, la vulnerabilidad climática, el débil acceso a mercados, brechas de conectividad y obstáculos en la tenencia de la tierra.
“Superar estas barreras requiere políticas diferenciadas, fortalecimiento organizativo y mayor inversión en innovación y digitalización para liberar el potencial económico y social de millones de pequeños productores”, detalló.
El seminario cerró con un panel en el que se analizaron estrategias para que los pequeños agricultores aumenten sus ingresos y superen la pobreza, fortalezcan su resiliencia ante el cambio climático y accedan a mercados de forma más competitiva.
Luis Pocasangre, Director General del Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE), puso el acento en colocar el mercado en el centro de las decisiones productivas. “No debemos hablar de agricultura de subsistencia, sino de productores con potencial empresarial. Si no sabemos cuánto cuesta producir ni qué variedad quiere el consumidor, no podemos hacer del agro un verdadero negocio”, aseveró.
Yumara Soria, Coordinadora Regional del Consejo Agropecuario Centroamericano (CAC), insistió en redefinir al pequeño agricultor como empresario y fortalecer la extensión rural. “Debemos dejar de ver al pequeño agricultor solo como productor de subsistencia y tratarlo como un empresario agrícola, brindándole información, financiamiento y, sobre todo, acceso real a mercados; producir sin saber para qué y para quién no transforma su realidad”, indicó.
Nelson Larrea, de la Dirección de Análisis y Evaluación Técnica del Sector Privado de CAF – Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, destacó la relación entre rentabilidad y sostenibilidad.
“No puede haber sostenibilidad si el productor no es próspero; primero debe ser una actividad rentable que motive a la familia a quedarse en el campo, y luego podemos hablar de sostenibilidad ambiental y resiliencia. El financiamiento necesita un fuerte componente técnico en el territorio; metodologías como SHEP permiten que los recursos realmente se traduzcan en modelos de negocio sostenibles y con impacto”, concluyó.
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