Valparaíso, Chile, 11 de mayo de 2026 (IICA) – En Cuncumén, una zona de secano costero donde cada lluvia cuenta y cada verano pone a prueba la supervivencia productiva, un predio de 17 hectáreas se transformó en algo más que un campo: es un espacio donde recuperar suelo, retener agua y diversificar ya no es una idea, sino una práctica concreta.
Cuncumén es una localidad rural ubicada en la provincia de San Antonio, región de Valparaíso, en la zona centro de Chile, aproximadamente 100 kilómetros al sudoeste de Santiago, la capital del país. Se trata de una zona de secano costero, es decir, una franja territorial que depende casi exclusivamente de las lluvias para su agricultura, sin acceso a riego permanente, y que en las últimas décadas enfrentó una prolongada sequía.
En las zonas de secano de América Latina, el barro baja con cada lluvia, el estanque llega vacío al verano y el suelo pierde profundidad año a año. Para las familias campesinas que dependen de esa tierra, no es un problema del futuro. Es el problema de hoy.
Desde ese punto de partida, el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) trabaja junto a la Cooperativa Agrícola Campesina Cuncumén en un predio de 17,3 hectáreas, con financiamiento de la Fundación para la Innovación Agraria (FIA), en un proyecto llamado Diversificación silvoagropecuaria como metodología y estrategia productiva y optimización de riego predial, en el área de conversión secano en Cuncumén, provincia de San Antonio.
El proyecto lleva más de dos años implementando una unidad demostrativa de diversificación silvoagropecuaria que combina conservación del suelo, gestión del agua y producción sostenible. En ese tiempo se fue construyendo una experiencia concreta, con resultados visibles y una red creciente de actores que se sumó en el camino.
«En Cuncumén estamos viendo que es posible recuperar suelos degradados, gestionar el agua de lluvia y diversificar la producción en el secano, cuando hay voluntad colectiva y acompañamiento técnico», afirma Hernán Chiriboga, Representante del IICA en Chile. «No es una fórmula mágica. Es trabajo sostenido, alianzas construidas con paciencia y confianza en que la agricultura familiar campesina tiene futuro en estos territorios».
La construcción de una red
El proyecto comenzó como una alianza entre el IICA, la cooperativa y la FIA. Con el tiempo, otros actores fueron encontrando en este espacio un lugar donde su propio trabajo también tenía sentido. En ese proceso, el IICA actúa como articulador técnico y facilitador de capacidades en territorio.
Actualmente participan también la CONAF (Corporación Nacional Forestal de Chile) y el INIA (Instituto de Investigaciones Agropecuarias), con provisión de plantas nativas para la restauración forestal. También el Instituto Forestal (INFOR) con el diseño e implementación de la unidad silvopastoril, la Municipalidad de San Antonio y PRODESAL en el vínculo con agricultores locales y acceso a ferias y el INDAP (Instituto de Desarrollo Agropecuario) a través de su Mesa Rural regional.
Otros organismos presentes son el programa GEF-FAO de Restauración de Paisajes, que utilizó el predio como espacio de capacitación para productoras rurales de la región de Valparaíso, y las universidades Federico Santa María y de Concepción, con pilotos de tecnología de deshidratado y mejoramiento de suelo con biochar. INAPI, por su parte, trabaja con la cooperativa en la certificación del Valle Limpio de Cuncumén, y PROCHILE inició un proceso para apoyar la exportación de nueces de los cooperados.
Cada una de esas instituciones llegó por razones distintas. Lo que las mantiene vinculadas es que en el predio hay algo concreto que ver, aprender y replicar.
Retener el agua y el suelo antes de que se vayan
El núcleo técnico del proyecto son las Obras de Conservación de Agua y Suelo, conocidas como OCAS. La lógica es simple: en el secano, el agua de lluvia tiende a escurrir ladera abajo arrastrando el suelo consigo. Las OCAS buscan interceptar ese proceso.
En el predio de Cuncumén se construyeron diques de control de cárcavas con materiales locales —postes impregnados, sacos de tierra, membranas plásticas—, combinados con plantaciones de chagual (Puya chilensis, una bromelia nativa de Chile central) para estabilizar las pendientes. Se instalaron fajinas de ramas que frenan la erosión laminar. Se trazaron canales de desviación siguiendo curvas de nivel —usando un agronivel en forma de «A» fabricado en el propio predio— que distribuyen el agua a lo largo de la ladera en lugar de dejarla concentrarse. Se construyeron medialunas que retienen agua alrededor de cada planta forestada, y se implementó un sistema de cosecha de aguas lluvias que conduce la escorrentía desde la ladera superior hacia un estanque de almacenamiento predial.
Tras las lluvias de invierno de 2025, los diques acumularon suelo de manera exitosa. Las zanjas de infiltración retienen más de seis metros cúbicos de agua por evento de precipitación. Las medialunas permiten que las plantas sobrevivan el verano sin riego mecanizado.
La mayor parte de estas obras se construyó con materiales del entorno y trabajo local, bajo acompañamiento técnico del equipo del IICA y de instituciones como CONAF, INFOR e INIA.
Un predio, múltiples usos
Sobre esos suelos en recuperación, el proyecto fue instalando, módulo a módulo, una propuesta de uso múltiple de la tierra. Hoy el predio integra nogales y almendros, cítricos con producción artesanal de limoncete, hortalizas al aire libre e invernadero, flores de corte como lilium, limonium, gladiolos y crisantemos, una cortina cortaviento de quillay y chagual, un módulo silvopastoril con ganado ovino y caprino, producción de compost, humus y biofertilizantes, y forestación con especies nativas del bosque esclerófilo chileno.
Uno de los hallazgos del período fue el aprovechamiento del espino (Vachellia caven), árbol nativo del secano chileno que históricamente es visto como maleza o planta invasora de potreros. El proyecto documentó que sus frutos —las quirincas— pueden procesarse para obtener un suplemento alimenticio de buena palatabilidad para el ganado caprino y ovino, con rendimientos de hasta 707 kilogramos por hectárea de fruto entero chancado. Este tipo de hallazgo tiene relevancia directa para zonas áridas y semiáridas de otros países del continente donde existen especies nativas subutilizadas con potencial forrajero similar.
La cooperativa ya comenzó a ofrecer servicios concretos a agricultores locales: asistencia en riego intrapredial, chipeo de ramas, venta de humus y biochar, y comercialización de flores y hortalizas.
Un espacio abierto para aprender y visitar
El predio tiene una vocación explícita de ser un lugar donde se pueda ver y entender. Durante 2025 recibió a productoras de la Mesa de la Mujer Rural de Valparaíso, a estudiantes de DUOC-UC y del Liceo Agrícola de Cuncumén, y a la comunidad local en la Feria Costumbrista. En cada visita, los participantes recorren en terreno los módulos productivos, las OCAS, el sistema de riego y cosecha de agua, y la unidad de bioinsumos.
Además, el proyecto elaboró cartillas técnicas sobre cada módulo, disponibles para que agricultores de la zona puedan revisar y evaluar si alguna práctica les sirve en su propio predio.
Lo que hace interesante esta experiencia no es que sea un modelo acabado. Es que demuestra que en territorios de secano con suelos degradados y alta fragilidad hídrica es posible recuperar condiciones productivas, diversificar los ingresos y hacerlo con bajo costo tecnológico y en alianza con actores locales. Es una respuesta concreta a preguntas que muchas comunidades rurales del continente están formulando hoy.
El IICA acompaña procesos como el de Cuncumén con el propósito de que el conocimiento generado en un territorio pueda llegar a otros. Esta experiencia muestra que cuando hay acompañamiento técnico sostenido, alianzas construidas con paciencia y confianza en la agricultura familiar campesina, los resultados concretos son posibles: suelos que se recuperan, agua que se retiene, familias que permanecen en sus territorios y producen.
Para la Fundación para la Innovación Agraria, apoyar la creación y estructuración de este centro demostrativo responde directamente a su misión: promover, por medio de la innovación territorial, soluciones concretas a los problemas de pérdida de capacidad productiva de los suelos, recuperación del abandono productivo y mantenimiento de la biodiversidad asociada. Estos factores tienen un impacto directo en la productividad agrícola, en la permanencia de los agricultores en sus territorios, y en la economía local y la seguridad alimentaria.
Andrés Gálmez Commentz, de la FIA, pone el acento en lo que este tipo de proyectos significa para quienes viven y trabajan en estos territorios: agricultores que encuentran soluciones rentables a problemas concretos, comunidades que recuperan su capacidad productiva y familias que pueden quedarse en el campo. Subraya además que contar ahora con riego en zonas históricas de secano —sometidas a una prolongada sequía— abrió una oportunidad real para quienes dependían exclusivamente de las lluvias, y que eso generó un polo de interés institucional que fortalece la biodiversidad productiva y la sostenibilidad del sistema en su conjunto.
«Ha sido fundamental el trabajo que ha desarrollado el IICA, puesto que a través de este proyecto se han ido dando respuestas locales a problemas locales, incorporando a muchos agricultores, con soluciones rentables que además son perfectamente extrapolables a otras zonas del país», destacó Gálmez Commentz.
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